Espero haber sido lo realmente ingenioso para haber podido disfrazar lo evidente, crear una situación intrigante y resolver insólitamente
I
No era uno de los habituales viajes laborales para Roberto Camposanto, quien era chofer profesional de una compañía de transporte de carga pesada. En esta ocasión se le había encomendado llevar mercadería inflamable a las ciudades litorales del país. La autopista que era una de las mejores construidas y más bien conservadas, era apetecida por cualquier piloto que quisiere sentir las sensaciones más profundas de la velocidad. En efecto, tal día la vía, aunque húmeda a causa del diluvio vespertino, se encontraba expedita; y aquello fue el aliciente o señuelo para cautivar las emociones y liberar el aburrimiento del largo trayecto. Sin pensarlo dos veces, comenzó a aumentar la velocidad, más y más; ya había superado por mucho el límite permitido. El velocímetro casi llegaba a lo máximo, los frenos de viento casi ni se escuchaban en las curvas poco pronunciadas. Ya estaba de regreso y, por ende, no llevaba carga inflamable ni de ningún tipo, tal vez por ello no dudo en querer liberar toda su adrenalina y sentir cómo se le erizaba la piel con el viento que con la velocidad irrumpe, y cómo su pulso se aceleraba. De repente, justo a la altura de una finca de su patrimonio, le pareció vislumbrar la silueta de una persona que se limitó a colocar un escollo en el camino, obstruyendo, así, la vía con un tronco no muy grande, pero si lo suficiente como para obligar a cualquier vehículo a detenerse. Los reflejos de Roberto eran muy buenos, sin embargo, no sabía qué decisión tomar ya que jamás vio a la persona salir de la autopista, observó su entrada a la vía, pero no podía dar fe de que luego de colocar el tronco en la calle, la abandonó ; - si hago un falso movimiento puedo atropellarla – pensó, e intento bajar la velocidad, cuando logró reducirla a la mitad– aún iba rápido- viró totalmente para esquivar así el tronco y salirse de la autopista antes de llegar al punto en donde él creía estaba la persona...
II
“¿Cuándo vendrá papá?” Preguntó la pequeña Amelia a su madre Dolores.
Dolores con palabras muy dulces queriendo expresar un cariño de madre, pero al mismo tiempo con cierto resquemor o desconfianza por no saber si tomar decididamente el papel de madre que ella misma había decidido imponerse desde muy joven, o vivir su juventud plenamente a pesar de los hechos; respondió: ¡Ya lo sabes!, como siempre vendrá hoy para desayunar, por favor duerme que es aún muy temprano.
Amelia, una niña hermosa de tres años apenas, de cabellos negros lacios y una piel blanca, cara redonda y semblante que reflejaba ternura y picardía, había recibido ese nombre de su padre, Roberto Camposanto, quien encontró a su hija reflejarse en una actriz de una película francesa – aunque en realidad sería al revés, ya que la actriz sin duda, era mucho mayor que su hija-. Insistía en su pretensión de ver a su padre de inmediato, molestando a su madre para que despertase comenzó a quejarse, primero de dolor, luego de hambre.
Precisamente Dolores, que rebosaba de alegría satisfaciendo hasta los más bajos caprichos de Amelia, se aprestó a levantarse de la cama para ir a preparar anticipadamente el desayuno, a pesar de que era costumbre de todos los domingos esperar a Roberto hasta las diez para desayunar. Antes de que Dolores pueda estar lista para ir a la cocina, llamaron a la puerta, eran apenas las siete y media de la mañana, nadie esperaba una visita a esa hora; un poco intrigada, pero al mismo tiempo con temor, se acercó lentamente a la puerta principal, asió la perilla y la giró lentamente...
“¿Sí?” - preguntó con un tono de inseguridad de no saber si era ella quien debía tomar la iniciativa o esperar a responder simplemente.
“Buenos Días” – dijo una voz seca y para nada emotiva – “vengo de parte de la Policía Judicial”.
Dolores, que no entendía mucho del tema pero por no aparentar ignorancia, no pregunto qué quería decir judicial, pero por lo de policía se dio la idea de que la situación no era nada normal. “¿Puedo ayudarle, estoy implicada en algo?” - preguntó con tono de sorpresa – “¿o tal vez es Roberto? ¡Dígame, por favor!”
“No, cálmese, no está implicada en nada ni su marido tampoco; es mas no creo que él pueda ya estarlo” – dijo con firmeza el teniente.
“¡Espere!” – Irrumpió Dolores – “¿Cómo sabe que Roberto es mi marido?, y ¿Qué quiere decir con que él ya no puede estarlo?” -elevó el tono como para exigir una explicación -
“No tengo mucho tiempo así que seré breve. Tengo que entregarle esta correspondencia, léala y entérese de lo que ha sucedido. Adiós.” - dijo con la misma parquedad que al principio.
Dolores recibió la carta y le echó un vistazo, se fijo más en el emblema de la institución que la remitía, que en las palabras de a quién iba dirigida y por qué concepto. Incorporó la vista al Intendente para agradecerle, pero éste ya se había marchado. Inmediatamente se escucharon los estridentes gemidos y el lloriqueo de Amelia, quien reclamaba atención. Dolores dejo caer la correspondencia y tomó a su hija en brazos, la calmó y le dio de comer.
Eran ya las once, después de haber regresado a la cama para continuar el sueño que había sido interrumpido primero por Amelia y luego por el Intendente, cuando Dolores se percató de que el atraso de su marido era ya de una hora, lo cual era extremadamente inusual. Decidió salir a ver si no lo encontraba llegando, pero al atravesar el pasillo pateó inintencionalmente la carta que le había dado el Intendente – “Creo que debo leerla, puede tratarse de algo importante. El Intendente mencionó a Roberto, quizás trata sobre él” - profería estas palabras en tanto que salía de la duda de si debía leerla o más bien esperar para que la lea Roberto y se lo cuente. Tomó la primera opción, abrió la carta y la leyó.
Un silencio súbito inundó la pequeña casa de Roberto, en la que habitaban Dolores y Amelia también, no pudo decir ni una sola frase en un buen rato, no asimilaba las palabras, su mundo se veía desmoronarse, no sabía cómo seguir, no sabía hacer nada y todo se lo proveía Roberto. Fueron esos sus primeros pensamientos, el futuro de su hija, y el suyo mismo si era demasiado joven. Su desesperación y confusión la llevaron al llanto incesante que no vaciló en contagiar a la vulnerable Amelia, quien, más por susto que por entender razones, aunó su llanto al de su madre.
III
Era fin de semana. No obstante, Sofía, muy devota del catolicismo se despertó con la luz del alba para acudir, como era su costumbre, a la iglesia del barrio. Llegó con media hora de anticipación a la ceremonia eclesiástica, así encontró un buen sitio cerca del púlpito y tuvo su momento de soledad humana y plática divina. Conocía ya todo el sermón, a veces se angustiaba por no poder cambiar su realidad de ser mujer; caso contrario podría ser sacristán o prestar alguna ayuda más directa en la Iglesia.
Terminó la eucaristía y regresaba a casa por el mismo pedregal, la acompañaban los mismos robles que daban un olor y ambiente agreste al lugar, agradable para la caminata, salvo por la bruma que había descendido demasiado y ofuscaba la vista. Le pareció divisar a lo lejos a una persona que corría desaforada, como si de llegar a algún lugar dependiese su vida. – “Dios mío, dale paz” - se limitó a decir y comenzó a orar en baja voz.
Eran ya las 8 de la mañana cuando regresó a su casa. Inmediatamente comenzó a preparar el desayuno, dejó hervir la leche mientras fue a tocar las puertas de las habitaciones de sus hijos. Ninguno le respondió, no tenían porque hacerlo, conocían que con esa señal debían presentarse ante su madre.
“¡Buenos Días mamá!” Dijeron al unísono dos voces femeninas. Eran Marta y Samanta, quienes aún conservaban sus pijamas. Había una muy buena relación entre ellas, cada una era el refugio de la otra; a pesar de que Marta por lo general era muy reservada y no permitía a nadie enterarse de lo suyo, en cierta forma Samanta le inspiraba algo de confianza. Samanta era totalmente diferente, tenía aún los aires de la ficción y las emociones de la juventud, trataba de eludir la realidad de lo cotidiano.
“¡Buenos Días!” - respondió su madre, haciendo una señal de cortesía como dando a entender que debían sentarse a la mesa.
Ya sentadas, Samanta se aprestó a tomar el pan del centro de la mesa, cuando la interceptó la mano de su madre que la obligó a detenerse.
“¡Aun no estamos todos, debemos aguardar!” – dijo Sofía con tono autoritario.
Indignada, Samanta frunció los labios, como en un intento vano de vituperar la situación y que a la vez se contiene por impotencia – “Si fuese yo la que no estuviera, no me esperarías” – dijo a regañadientes.
Marta, sin decir una palabra asintió con un movimiento de cabeza.
Sofía casi ni presto atención a los gestos y palabras de su hija. “Es extraño, debería estar aquí…” – exclamó.
Casi sin poder terminar su frase, pasos estruendosos que descendían las gradas la interrumpieron... “¡Buenos días mamá, buenos días a todas!”- era Dionisio quien había salido recientemente de la ducha.
“¡Buenos días hijo! ¿Por qué tan ataviado? ¿Piensas salir?” - lo interrogó Sofía.
“No, no voy a salir; simplemente me sentí acalorado” – repuso Dionisio.
“¿Acalorado en invierno?” - espetó Samanta con tono satírico.
Dionisio alegó sordera y se sentó a la mesa.
Los comensales no paraban de hablar. Marta contaba de literatura. Dionisio, quien poco entendía del tema ya que se dedicaba a explorar libros de ciencia más que de arte, poco acotaba, a veces osadamente refutaba sin saber siquiera si lo que decía lo había leído o se lo estaba inventando, pero sea lo que sea, siempre muy pertinaz e insistente en sus argumentos. Samanta se limitaba a ser oyente, a veces no entendía pero en su auxilio se acercaba un poco más al hablante y lo miraba fijamente como para aparentar interés. Sofía relacionaba todo con la divinidad, argumentos que eran siempre rebatidos y jamás oídos en casa, ya que no reinaba entre sus demás habitantes, la simpatía por lo que no se puede probar.
El desayuno que había comenzado a las nueve y media, se extendió por alrededor de más de una hora. El timbre anunció una visita inesperada, el melodioso sonido acallo las voces de los tertulios de esa mañana: hablaron de literatura, de filosofía, hasta de mitología.
“¡Yo atenderé!” - anunció inmediatamente Dionisio, quien sin terminar de pronunciar toda la frase ya se encontraba de pie.
“¡Buenos Días señor!, ¿qué desea?” - pregunto inquieto Dionisio al observar la indumentaria policial de aquel hombre boato y moreno. Se desesperó un poco. A diferencia de Dolores, él sí tenía una vasta idea de lo que era la Policía Judicial. “¿Existe algún inconveniente? ¿Seguro se habrá equivocado no?” - añadió.
“¡Cómo le va, Sr. Camposanto! Siento mucho no darle la razón, pero me temo que estoy en el lugar indicado.” – respondió el teniente. Tomó un hondo respiro inclinándose un poco hacia atrás, y poniendo sus manos en sus caderas dijo: “Lea esto y entenderá de que se trata todo este asunto” -le entregó una carta exactamente igual a la que se entregó a Dolores- “Le aconsejo que tome acciones brevemente”, aprovechó que le había extendido la mano para entregarle la carta, para hacer un solo movimiento al estrechar su mano para despedirse.
A Dionisio le intrigaba mucho leer el contenido de tal carta y por un momento pensó en retirarse a su habitación para leerla en solitario, pero en ese instante Samanta le sorprendió por la espalda y se la arranchó pensando que se trataba de algo personal de Dionisio, y a través de la misiva podría ridiculizarlo en frente de su madre. Las relaciones entre ellos dos eran una pugna incesante de envidia y celos por la atención de Sofía.
Sofía vio la insignia de la Policía Judicial en el sobre y mandó a callar a Samanta, quien se desternillaba con picardía y maldad. Hizo entender a sus hijos que no sabía realmente que podría estar pasando, pero que sea lo que sea deben estar unidos y encomendarse a su fe. Rompió con sigilo el sobre y lentamente desplegó el folio, en alta voz leyó:
Quito, 23 de noviembre 2010. 9h30.
Policía Judicial del Ecuador.
Unidad de Homicidios...
Sofía titubeó y sintió un temor que la estremecía. Unos a otros se regresaron a ver intrigados pero a la vez con consternación. Sofía prosiguió. Esta vez se atropellaba al leer, en especial aquellas palabras que por sí solas conturbaban.
… Fue encontrado el occiso al interior de un camión K34, no por rasgos faciales, a causa del desfiguramiento producido por la fuerza del impacto accidental, pero sí por sus credenciales y documentos personales. El occiso fue identificado como ROBERTO MANUEL CAMPOSANTOVEGA...
Dos lágrimas descendieron por el rostro de Sofía, quien no pudo contener la congoja. Sí, era cierto que hace cinco años se había separado de Roberto y nunca había vuelto a hablar con él. Si lo veía casualmente se limitaba a saludarlo; pero ello al parecer, no significó que dejo de amarlo.
“¿Qué está pasando mamá?” - preguntó con preocupación Samanta, quien no tenía clara la situación.
“¡Vete a tu cuarto!” - ordenó Marta – “Yo te llamaré cuando debas bajar.”
“¡No!”- dijo secamente Sofía - “¡Quédate! Esto te incumbe más a ti que a mí”. En un ridículo intento por mostrar fortaleza ante lo sucedido, entregó la carta a Dionisio y se retiró de la sala.
Dionisio no lloraba, lo embargaba un sentimiento, pero no de pena ni tristeza, sino de coraje e indignación, jamás pensó que a Sofía le afectaría tanto la muerte de Roberto. Nunca le perdonaría a su padre el daño que causo a su familia, más aún a su madre. No dijo nada, y continuó con la lectura:
El infortunio tuvo lugar en el Km 99 vía al litoral, por las descripciones físicas puedo decir que es una zona poco poblada, con una única vía de gran extensión y anchura rodeada de terrenos agrestes.
No quisiera ser tan exhaustivo en cuanto a información, ya que considero que no es este el medio apropiado y porque la verdad nuestras investigaciones son aún incipientes y por el sector donde ha sucedido, debo decir, los medios muy precarios.
Insisto en que deben acercarse al lugar de los hechos rápidamente, hay mucho que deben hacer para ayudar a la indagación del fiscal.
No hemos podido enviar a uno de nuestros mejores elementos ya que sus agendas están ocupadas en su totalidad por largo tiempo, sin embargo les ruego que concedan la misma confianza y autoridad al detective S. Martínez quien se acaba de incorporar a nuestra dependencia.
Fiscal General.
El silencio profundo reinó en la habitación por algunos minutos, ninguno era capaz siquiera de verse a los ojos...
Ante tan incómoda situación, Marta quiso encontrar la manera de romperlo e interpeló a Dionisio preguntándole con voz sollozante – “¿No es ese el sector donde papá tiene su finca?”.
“Sí, ahí es...” - repuso Dionisio cuando extendía sus brazos para consolar a sus hermanas. Las hostilidades entre Samanta y Dionisio quedaron relegadas.
Sofía, ya un poco mejor, se incorporó a la habitación y dijo con voz autoritaria “¡Partiremos en cinco minutos, y no sé si regresemos este mismo día!
IV
Cuatro horas de viaje fueron necesarias para llegar al lugar de los hechos. El llanto de Marta y Samanta no se detuvo durante todo el trayecto, Sofía se encomendaba a lo divino, rezó cinco veces el rosario, Dionisio por su parte se abstraía del funesto escenario por medio de sus múltiples cavilaciones: “siempre me pregunte cómo debería sentirme ante su muerte, a veces la deseaba, es tan extraño... ¿una lágrima al menos?, no pensé que sería tan sencillo, tan indolente...” – y así se sujecionó durante el viaje.
El paraje estaba rodeado de gente del personal investigativo, una franja amarilla delimitaba el territorio de trabajo. Marta se liberó de los brazos de Samanta y con presteza y desesperación corrió hacía donde hubo acaecido el óbito. Tal y como se lo describió en la carta, irreconocible. Por un instante creyó perder el juicio e intento sobrepasar la franja de seguridad, pero uno de los custodios le explicó con firmeza que el paso estaba restringido.
- Soy su hija, ¿no lo ve? Debo verlo. – dijo con suplicio
El custodio no respondió, se limitó a alzar su cabeza para no conmoverse por los ruegos femeninos. Para sí mismo pensaba, “a pesar de aparentar ser de hierro, hasta el hierro más resistente puede fundirse, solo hace falta un buen fuego”.
Dionisio, quien observaba desde lejos la impulsiva actuación de su hermana, entendió que debía tomar acciones para tranquilizarla. Dado que era el único que no se encontraba totalmente bajo los efectos de las emociones, había tomado la precaución de llamar al cuidador de la finca de Roberto. Don Morales, un hombre de baja estatura, piel morena, ojos lánguidos y cabello entrecano, de carácter sumiso. Era cuidador de la finca de Roberto hace ya más de quince años, al principio – durante los primeros diez años – recibió un excelente trato personal y económico por parte de su patrón, lo que echó raíces no sólo para una fuerte relación laboral, sino también una amistad incondicional. Sin embargo, los últimos años fueron un poco áridos, los atrasos en los pagos mensuales eran cada vez más recurrentes, el último año se puede decir que el pago, ya sea a tiempo o no, era la excepción y no la regla. A pesar de ello, Don Morales no tenía a donde ir y ya estaba muy entrado en edad como para intentar buscar otro empleo.
¡Buenas Noches joven Dionisio! Mando a llamarme – inquirió con sutileza Don Morales.
-Sí, deseo que por favor se lleve a mi madre y mis hermanas a la finca, yo iré en un par de horas, quisiera saber a ciencia cierta que ha sucedido.
Don Morales, agachó un poco la cabeza, se retiró con la mano derecha el sombrero y colocó la otra en la espalda, como haciendo un gesto de obediencia, y se retiró a cumplir con la consigna.
Dionisio abrazó a Marta y la ayudó a llegar hasta el coche de Don Morales, una vieja camioneta que tenía ya el mismo tiempo al servicio de la finca que Don Morales, y que por estar tan devaluada, no pudo ser vendida para solventar alguna de las deudas de Roberto.
-No déjame, quiero verlo- insistía ella.
-No seas estulta, yo averiguaré lo pertinente, vete a descansar y hablaremos esta misma noche si tu desesperación es tal – dijo Dionisio con tono convincente.
Samanta y Sofía ya se encontraban en el coche. Luego de cinco minutos, Marta accedió. Don Morales con un poco de esfuerzo puso el carro en marcha y se alejó por la autopista. Dionisio los observó hasta que la espesa bruma los cobijo bajo su manto y fueron imperceptibles a los ojos humanos. Luego, sacó un cigarrillo, lo encendió y luego de un par de bocanadas, lo arrojó. Se aprestó a hablar con uno de los oficiales que estaban allí. Casi ya se estaba levantando todo, cuando el jefe policial de la operación estaba firmando un informe, Dionisio lo interpeló:
- Y bien, parece esto un caso de película ¿no?...
- No, más bien un caso muy común, no encierra mucho de misterio. Hemos realizado simples investigaciones de rutina – repuso el Oficial – y añadió – aunque hay cierto principiante que no ha hecho más que entorpecer mi trabajo dándole mucha importancia a los detalles.
- ¿Qué quiere decir, y quién es esa persona de la que usted habla?
- Bah!, es un fiscal que acaba de incorporarse a la dependencia. Es incrédulo, duda hasta del informe facultativo, dice él que no está seguro de que haya sido un simple accidente. Usted sabe los jóvenes siempre quieren irse por caminos sinuosos para llegar al mismo lugar donde uno ya llegó, para así poder creer que han descubierto algo nuevo, pero todo el mundo sabe que lo único que consiguen es complicarse.
- Bueno, dejemos de lado todo eso y explíqueme el resultado de su indagación – demandó con cortesía Dionisio.
- Bien, verá – titubeó un poco el oficial – ehhh, los peritajes que hemos realizado nos hacen inferir que el exceso de velocidad y la humedad de la pista conjugaron la situación perfecta para cometer el fallecimiento, nada anormal como le mencioné.
- Complacido con la respuesta del oficial, pero a la vez un poco insatisfecho por parecerle que no es aquella el tipo de investigaciones que toman toda una tarde... ¿Está seguro de que eso es todo?- preguntó con ironía Dionisio.
Al oficial le disgustó un poco el hecho de que su autoridad se haya puesto en duda. Iba a responder, cuando un grito inesperado lo acalló. “¡Oficial! tengo algo, una pista” – dijo una voz entusiasmada. Era S. Martínez, el fiscal que tenía a su cargo la investigación, y quien a pesar de ser un principiante no iba a permitir que ni el Oficial, ni ningún otro personaje se interponga ante él en esta, su misión, que tanto lo enorgullecía – al menos para él mismo – y es por ello que no firmaría ninguna decisión apresurada sin antes lanzar todas las cartas. S. Martínez ostentaba una mirada desviada, quien no lo hubiera visto con su indumentaria de detective que le daba un efecto enaltecedor podría fácilmente figurarse que está frente a un simplón carente de juicio.
Una mirada de desilusión embargó al oficial.
- Esto nunca terminará con ese loco al mando – pensó en alta voz.
- Mire Oficial, encontré un pista, hay un pedazo de una prenda negra en la vía, sé que es un simple indicio, pero de ahí se parte. Además estaba bajo un tronco que se encontraba en plena vía, nuestras investigaciones se han centrado en el vehículo descarrilado, pero no hemos considerado los factores alternos; puede que no sea como se cree un simple accidente de tránsito. Y sé que es otro simple indicio pero de algo se debe partir, ¿no? - profería tales frases mientras aparentaba perspicacia.
- ¿No le parece ya demasiado tarde? – dijo el oficial mientras observaba su reloj.
- La justicia no tiene hora – manifestó con ilusión el detective.
- Sin embargo – interrumpió Dionisio, si estoy aquí no es porque es mi intención intervenir en su trabajo, lo único que deseo es poder tener el cadáver de mi padre para poder darle una sepultura cristiana, tanto como él y mi madre lo quisieren. Y continuó – una carta decía que debía colaborar con su trabajo, sin embargo creo que la hora no es la apropiada y si me permite quisiera sugerirle que me acompañe al funeral de mi padre y ahí podrá continuar su investigación, si para ella requiere algún testimonio.
- “Pues bien, usted entenderá que uno busca hacer bien su trabajo” – dijo con tono de explicación, pero a la vez autoritario, se sintió loado al ver que alguien se dignó en prestarle la importancia que él creía se merecía y hasta ese momento nadie se la había propiciado. “Pero aunque no está muy bien visto, acepto”.
El Oficial había aprovechado la distracción del fiscal para empezar a desmontar todo lo que habían utilizado. La plática de Dionisio y S. Martínez desembocó en temas ajenos a la investigación. El Oficial los llevó en el auto hasta la finca de Roberto. Antes de apearse, el fiscal advirtió al oficial que debe estar pendiente para acudir hasta ahí en caso de que sea necesario, caso contrario puede continuar con su rutina. Decidieron permanecer por un momento en el jardín fumando un cigarrillo y conversando de temas varios e intereses comunes.
V
Al entrar Dionisio y S. Martínez a la casa de la finca, observaron que ya los demás asistentes al funeral de Roberto habían arribado. – No eran demasiados, la ubicación del inmueble era impedimento para llegar hasta ahí a algunos allegados a la familia
Dolores junto con Amelia hicieron su entrada minutos más tarde, ellas al igual que el resto de la gente se encontraban bien ataviadas con prendas negras; pero algo distinguía realmente a Dolores: sus joyas!... simple oropel! desbordaban de la elegancia para caer en la pobre pomposidad y ridiculez.
La primera persona con la que se encontró fue Sofía. Las miradas entrecruzadas les quitaron las palabras a cada una, un aire helado les erizo la piel. Sofía la vio acongojada y después de recuperarse de la parálisis temporal del momento, le hizo un ademán de bienvenida. Dolores, solo ladeó la cara y con un notorio caminado siguió por donde se le había indicado.
-¡Ha sido lamentable!
-¡Realmente algo inesperado…! Dicen que ha sido decisión unánime de sus hijos la de realizar el funeral en esta finca familiar.
-¡Qué tiempos! Cuando los conocimos por primera vez. ¡Roberto y Sofía!.... que envidiable pareja… ¡Y hoy regresan para despedirse bajo el techo que los cobijó durante su romance!
Eran las voces de algunas de las invitadas, que conversaban para no dejarse contagiar demasiado de la pesadez y lobreguez del momento.
Marta y Samanta, parecían dos plañideras.
Dionisio se alejó de S. Martínez y se abocó a saludar a Aurelio, su hermano, primogénito de Roberto y Sofía; había contraído nupcias con Claudia, una mujer provinciana que con ingentes esfuerzos logró acoplarse a la vida de la gran ciudad, aunque a veces con algunos desatinos no obstante conseguía pasar desapercibida por una citadina.
- ¡Así que has decidido venir! – Dijo sarcásticamente Dionisio, y con el mismo cariz prosiguió, esta vez haciendo un ademán de alabanza apócrifa a su hermano – ¡Al menos a su muerte!, que noble de tu parte…
- …Sabes que el trabajo me absorbe – repuso Aurelio como queriendo justificar el desinterés que ha tenido en sus padres desde que contrajo matrimonio – “¡he venido en cuanto me he enterado!
- ¿Qué extraño? ¡Pensé que con tan poco tiempo, nadie ha tenido la oportunidad de avisarte!
- Ha sido Dolores, me ha escrito una carta… Por cierto, ¿no la has visto por aquí?... acordé en traerla, según lo que me decía en la carta, pero cuando llegué ya no estaba.
Con semblante indignado, Dionisio dio un hondo respiro
- Tarde o nunca, parecen ser tus dos únicas alternativas.
La noche transcurrió con el mismo ritmo durante toda la velada.
A causa de la lejana ubicación del inmueble los asistentes tuvieron que retirarse a una hora prudencial para poder regresar a sus hogares. Ya la media noche cuando permanecían en la casa únicamente la familia Camposanto y S. Martínez, quien por motivo de su investigación fue invitado por Dionisio para pernoctar ahí.
El lugar para la velación fue la sala principal, el ataúd se encontraba en el centro. Eran ya las 2 a.m. a esta hora la situación parece verse asimilada o al menos las lágrimas ya se habían agotado.
Dolores hablaba con Samanta de cosas banales y juveniles, de repente Marta las interrumpió.
- ¿Dolores piensa permanecer hasta muy tarde mañana? – sutilmente interrogó.
- No, si es por su madre no se preocupen, yo partiré mañana muy temprano.
-
Al contrario – le respondió Marta, gesticulando una señal que pretendía infundir tranquilidad y confianza – le exhorto que nos acompañe en este mismo lugar, luego del sepelio. He llamado al Dr. Hamilton, el abogado de mi padre, el nos dará explicaciones acerca de la repartición de los bienes. No sé si usted, pero seguramente Amelia tiene plenos derechos.
Al contrario – le respondió Marta, gesticulando una señal que pretendía infundir tranquilidad y confianza – le exhorto que nos acompañe en este mismo lugar, luego del sepelio. He llamado al Dr. Hamilton, el abogado de mi padre, el nos dará explicaciones acerca de la repartición de los bienes. No sé si usted, pero seguramente Amelia tiene plenos derechos.
Dolores se limitó a asentir con presteza.
- Está bien buenas noches – dijo Marta – solo dejaré cerrando el ataúd de papá y me iré a la cama.
VI
Ya todos se habían retirado a sus recámaras. A Dolores se le asignó el cuarto en donde yacía dormida sobre la cama Amelia; era el cuarto que quedaba más próximo a la sala donde se estaba velando el cuerpo de Roberto y por ende, en la planta baja y S. Martínez ocupó una habitación bastante acogedora y bien amoblada. Revisó algunos libros que estaban en la estantería, se detuvo en Kafka, Agatha Christie, admiró también la colección de escritores latinoamericanos: Pablo Palacios, Gabriel García Márquez, Borges, etc. Luego decidió acostarse, no podía dormir, como es corriente no es fácil relajarse en un lugar extraño. Todo era silencioso, la tenue luz de la luna y el silbido de las hojas con el viento eran su única compañía. Intentaba concentrarse en el caso de Roberto, le daba una y mil vueltas a sus ideas. Al fin lo consiguió y luego de elucubrar por unos instantes lo decidió:
- Creo que debo adquirir más experiencia, no dejarle mucho campo a mis ideas sueltas, no divagar. – se incorporó – Eso haré, cerraré el caso tal y como si hubiera sido lo que fue: ¡un simple accidente!
Se levantó por completo de su lecho y se sentó frente a un escritorio de la habitación. Comenzó a redactar su oficio dirigido al oficial de policía que sustanciaba la causa. Lo terminó, y lo estaba releyendo, siempre tan meticuloso de no haber cometido algún error ortográfico o alguna incoherencia semántica. De repente escucho un leve llanto y constantes suplicas. Decidió echar un vistazo, se trataba de Dolores, quien había salido de su habitación a contemplar por aún más tiempo el cadáver de Roberto. No le pareció extraño tal comportamiento. Decidió regresar a la cama, luego de cinco minutos se encontró sumido en el más profundo de los sueños.
VII
Era el siguiente día.
Tal y como se lo tenía previsto, la familia se despertó con la luz del alba. Cada uno se encargo de alistarse para el entierro de Roberto.
Sofía ordenó a Aurelio y Dionisio que cargasen la caja donde se encontraba su padre. Don Morales y S. Martínez ayudaron.
– No pensé que los muertos eran tan livianos, de haberlo sabido no le hubiéramos incomodado Don Morales – dijo cortésmente Aurelio.
- No se inquiete, para mí es un honor cargar el cuerpo de quien por mucho tiempo me ayudó, aún no consiento el hecho funesto – con tristeza e indignación respondió.
De repente el llanto de una niña se escuchó. “¡Amelia!” Dijo con voz grave Dionisio.
- Yo iré a verla – se adelantó Samanta
- Creí que estaba con su madre – añadió Marta.
Samanta irrumpió en el cuarto y se encargó de atender a su media hermana, la mimó, y luego se percató de la ausencia de Dolores. Lanzó una pregunta al aire. “¿Dónde pudo haber ido?”, torpemente se calló como si esperase una respuesta por parte del infante, despertó de su delirio y tomó a la niña en brazos, y salió…
“¡Silencio!” Gritó fuertemente para acallar las voces que se entretenían en criticar la labor maternal de Dolores… lo consiguió.
- ¿Qué sucede?, por qué irrespetas el sueño profundo de tu padre con ese estrepitoso alarido – dijo encolerizada Sofía.
El grito de su madre la desarmó, la hizo vulnerable, por un momento sintió que podía ser el centro de atención, que tenía palabras e información oportuna para enaltecerse. Le entregó Amelia a Marta y con un leve temblor de brazos y piernas, a lo que se sumaron dos lágrimas de coraje y la reminiscencia de aquel desayuno en el que no se le fue permitido dar la iniciativa sin que estuviere presente Dionisio. “¡Dolores se ha marchado!”, luego de pronunciar estas palabras se retiró con rapidez de la sala y se desmoronó en un llanto de ira. Aurelio fue tras ella.
- ¡No debemos alarmarnos dijo Dionisio! Seguro ya volverá, sugiero que saquemos el cuerpo de mi padre y lo llevemos al coche.
Marta secundó sus palabras, sabía que Dolores no era una de esas personas a las que les gustaba pasar desapercibida y sin duda, los habrá querido preocupar intencionalmente.
- Estaba casi seguro de que lo enterrarían en esta misma finca, no en vano habrán cavado. ¿O sí? Preguntó Don Morales.
Casi nadie le escuchó, el bajo volumen de su voz y su avanzada edad le restaba protagonismo, salvo Marta que se encontraba a su lado, y le respondió diciéndole – “Le ruego no intervenir con este tipo de comentarios, no es el momento.”
- Bien, propongo que llevemos este ataúd al auto – con voz agitada manifestó S. Martínez, quien estaba ya muy cansado de haber levantado por más de cinco minutos la caja.
Así se hizo, y se lo colocó en el balde de la vieja camioneta del Sr. Morales.
Entraron nuevamente a la casa para llamar a los faltantes, debían salir de inmediato estaban sobre el tiempo. Aurelio y Samanta bajaron, ya estaba ella casi tranquila, al parecer tuvieron una plática muy reconfortante. Pasó una hora y Dolores no llegó, las preocupaciones aumentaban, pero era imposible esperarla. Salieron y se subieron a los coches, partieron al entierro.
VIII
Dos horas duró el acto, luego de ello la familia se dirigió nuevamente a la finca con el objeto de reunirse con el Dr. Hamilton. Al llegar, el hombre tan asiduo como de costumbre, ya los esperaba en su coche clásico, guardaba cierta vanidad y por añadidura se fijaba en los más diminutos detalles. Estaban casi todos los interesados presentes para escuchar el discurso del abogado, salvo por Dionisio que tuvo que ausentarse porque ofreció llevar a S. Martínez hasta la ciudad, ya que debía incorporarse a sus actividades, y Dolores de la que aún no se tenía ni una pista.
- ¿Quiere que lo lleve hasta su casa?
- No, Dionisio, no se preocupe; está demasiado lejos, preferiría que me dejase cerca de la fiscalía. Tengo que entregar un informe en el que autorizo el cierre de la causa de su padre.
Sorprendido Dionisio dijo: “pensé haberlo escuchado decir que tenía pruebas para demostrar que no había sido un accidente.”
- Sí, en efecto, pero son meros indicios, pruebas muy frágiles, nada incriminatorias, y usted entenderá que no se puede saturar el sistema con meras creencias sino que se debe propender a actuar sobre lo seguro. Un poco más de experiencia me ayudará la próxima vez para no dejarme llevar por todo aquello que emociona.
- ¡Siempre he pensado que uno debe llegar hasta las últimas consecuencias si de verdad cree algo!
- ¿Parece interesado en que no cierre la causa, tiene alguna razón en especial?
- ¿Yo...? no, solo hacía una apología a los ideales y de paso a la justicia, pero bien pueda usted disponer de la causa como desee. Además no sé qué tan buenos resultados brote una indagación previa de la fiscalía, no hay sospechosos ni siquiera, peor aún se puede determinar si existió en efecto un delito.
S. Martínez lo miró con admiración, iba a elogiarlo por su vasto conocimiento del derecho pero justo el carro se detuvo.
- ¡Bien! Hemos llegado, espero que haya sido de su agrado la estancia en nuestra finca.
- No tiene de que preocuparse, por el contrario soy yo quien se siente inmensamente agradecido para con usted y su familia – dijo esto mientras se apeaba del coche y hacía un gesto de despedida en tanto que se retiraba el sombrero por cortesía.
Dionisio al regresar tomó la misma vía que su padre cuando trabajaba en el tráiler, las condiciones eran iguales, la vía expedita y húmeda; presionó aún más el acelerador, hace ya mucho que había sobrepasado el límite de velocidad permitido, casi ni frenaba en las curvas poco pronunciadas de la autopista. Una risa involuntaria… Llegó muy rápido e ingresó a la casa.
- ¡Vaya! Que no te has demorado – le dijo su madre.
-
No, la verdad es que la vía ha estado libre, y no he querido hacerlos esperar por mucho. Bien, empecemos – repuso él.
No, la verdad es que la vía ha estado libre, y no he querido hacerlos esperar por mucho. Bien, empecemos – repuso él.
- Dolores aún no ha llegado – anticipó Marta – Samanta está en el jardín jugando con Amelia, hasta ahora ha conseguido distraerla para que no pregunte por su madre.
- Es preocupante – dijo Dionisio – ¿No han llamado a la casa de papá donde ella vive?
- Todo lo posible lo hemos intentado, pero ya el Dr. Hamilton nos ha asesorado acerca de los procedimientos que debemos realizar en caso de que se trate de una desaparición - manifestó Marta y continuó – por el momento dejemos perorar al abogado que me ha anticipado que tiene una reunión en breve.
El abogado luego de hacer una inspección al lugar en donde se encontraba, dejó de deambular y con un grave sonido de garganta, para llamar la atención de los oyentes y enaltecerse dijo:
- Bien, como entenderán la muerte de su padre ha sido ab intestato, quiere decir que ha fallecido sin hacer el respectivo testamento, razón por la cual tendremos que atenernos a lo que dictan las leyes para estos casos…
Dr. Hamilton se extendió por algo menos que veinte minutos, sin ninguna interrupción. Cuando hizo una corta pausa para tomar un poco de agua, Aurelio se atrevió a decir “Tenemos algún plazo para resolver este asunto, me temo que se lo debe hacer cuanto antes ¿No lo recomienda usted así?”
Con avidez Dionisio respondió: “No es necesario, no es pertinente… hay un interesado que no puede protestar por lo suyo. Amelia, necesita a su madre, debemos priorizar su búsqueda antes que la repartición de una herencia.”
Marta y Sofía concordaron con Dionisio y solicitaron al abogado que les diese un tiempo para esclarecer el asunto y que posterior a eso lo llamarían…
IX
Un par de días duró la búsqueda por parte de la familia Camposanto, antes de que unánimemente decidieran darle el caso a S. Martínez. Le imploraron para que no lleve la pesquisa como un asunto legal, sino más bien que lo haga desde su óptica profesional privada, ya que no querían verse implicados en asuntos graves. Dada la naturaleza de las cosas él aceptó e interpuso esta tarea apasionante - según el mismo - a sus vacaciones anuales.
La familia decidió regresar a su casa en la ciudad y Sofía aceptó que llevasen a Amelia con ellos.
vean la parte 2 y 3... están como nuevas entradas. En la parte superior derecha de esta pantalla hay una sección que se llama Archivo del Blog---------->>> ahi está lo que sigue....
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